LLaves

 

Llaves

Roberto busca las llaves del auto. No las encuentra por ningún lado. Empieza a abrir frenéticamente los cajones, los saca y los vacía. ¿Dónde las puse? Piensa. Saca todos los almohadones de los sillones del impecable y cálido departamento del décimo piso. El lugar es amplio, algo antiguo pero amueblado con lindos sillones grises que lo hacen muy cómodo. Roberto es muy alto, esbelto y moreno, tiene un rostro ovalado que enmarcan una perfecta nariz griega y grandes ojos verdes. Su cuerpo musculoso se mueve dentro del departamento de manera desesperada.   Desde el amplio ventanal se pueden ver los lagos de Palermo, los bosques verdes, y ese aroma único que tienen las mañanas de verano. Pero Roberto no puede detenerse a disfrutar ya que no para de revisar todo. Mira debajo de los sillones, debajo de la alfombra. Y no encuentra las llaves. Recuerda que su madre le solía decir: “Robertito cuando busques algo y no lo encuentres, fíjate que fue lo último que hiciste”. Roberto piensa, retrocediendo como en una película: llegó temprano esa mañana y dejo las llaves sobre el escritorio, colgó el bolso y su campera como siempre en el perchero, luego puso la cafetera. Recibió a Lucia y estuvo con ella. Creo que ahí fue cuando se detuvo el mundo por un par de horas, porque cuando está con Lucía se olvida de todo. Solo piensa en ella todo el día.

En ese momento suena el teléfono pero Roberto no atiende. Está tan absorto en la búsqueda que lo apaga sin mirar, mientras se lleva la mano a la cabeza llena de rulos negros. La maratón que había comenzado lenta, ahora empieza a tomar un ritmo desesperado. Mientras  busca por todos lados viene a su mente la primera vez que la vio. Ese día no pudo dormir. Sus ojos dulces le seguían hablando. Ese día comenzó todo. Lucía era única, tenía una voz dulce, melodiosa, y cuando  hablaba, él se olvidaba de todo. Así comenzó su relación, así comenzaron sus citas todas las semanas. Los amigos le decían que lo notaban cambiado, que estaba desconcentrado, como ausente. No contestaba las llamadas y “les clavaba el visto a los mensajes”

- ¿En qué andas vos? Le preguntaban. Él solo sonreía, recordando los ojos de ella .

Esa mañana Roberto solo quería encontrar sus llaves. Volvió a buscar por tercera vez los lugares que ya había revisado, sin embargo, las llaves no aparecían. A pesar de que el aire acondicionado funciona al máximo, la transpiración comienza   a correr por su cuerpo moreno, y en ese momento vuelve la voz de su madre : “Si seguís sin encontrar lo que estás buscando, tenes que atarlo a Pilato, haciendo un nudo en cualquier objeto hasta que aparezca lo que perdiste”. Proba Roberto que es infalible”. Roberto no cree en nada, pero por las dudas toma el repasador que está al lado de la cafetera y le hace un nudo resignado. “Por ahí funciona” piensa.

Entonces una  infinidad de pensamientos comienzan a correr por su mente “¿Y si se me cayeron en la calle? ¿Y si alguien me vio bajar y me las robó? “

Cuando mira debajo de la mesita ratona ve que algo se asoma. No son las llaves, descubre debajo de la alfombra blanca una pequeña libreta violeta. Roberto se sienta lentamente, observa que las tapas son de cartón violeta con varias flores blancas pintadas. Es una agenda pequeña que está cerrada con un elástico. Abre la agenda y descubre que es de Lucía. La cierra y piensa que posiblemente se la olvidó esa mañana, cuando salió corriendo después de tomar su café. La cierra, de repente, pensando que no está bien leer cuestiones personales de otro.  Él, cómo psicólogo, trabaja con pacientes que sufren los celos obsesivos y que tienen la sospecha desmedida de que su pareja podría estar engañándolos. Recuerda cuando él mismo suele decirles que es “una falta hacia la privacidad y puede generar un quiebre en la confianza mutua…”, entonces  suelta la libreta en la mesita, como si fuera un carbón encendido.

Roberto intenta retomar la búsqueda de las llaves, pero ya no puede concentrarse en otra cosa que no sea la libreta, preguntándose que contendrá. Busca en la pequeña y luminosa cocina , pero ya no puede. ¿Qué habrá escrito sobre él? Lo tiene que averiguar, no puede pensar en otra cosa.  Trata de seguir buscando las llaves, pero el mundo ha desaparecido y solo quiere abrir la agenda de Lucía

De repente, con la misma avidez que  un niño abre un regalo Roberto espera encontrar su nombre en esa libreta. La abre, y un poco decepcionado, ve que en los datos personales de la agenda solo está completo el casillero de nombre con: “Lucia Almada” y el resto está vacío. Figuran algunos días de turnos médicos, clases de Pilates, taller de cerámica. El nombre de Roberto no aparece por ningún lado. Busca el día de hoy: 23 de enero y a las 13h está escrito “Almuerzo con mi “y hay un corazón dibujado a las apuradas. El corazón de Roberto comienza a latir a mil por horas ¿Almuerzo con mi amor? Pero Él es su amor, y si no iba almorzar con él ¿con quién? El sudor sigue corriendo por su cuerpo y la camisa comienza a empaparse. La vista se nubla y la boca se le reseca, como si se hubiera trasladado en pocos minutos al más terrible y desolado desierto.

Roberto se desploma en la alfombra y se queda inmóvil, las lágrimas comenzaron a caerse por sus mejillas. Él, que como licenciado en Psicología, recomienda no mirar teléfonos ajenos, ni redes sociales con sospechas infundadas…Pero ahora es él. En ese momento no le  sirven los títulos, los cursos de posgrado, los libros leídos. Solo busca una explicación, y hace oídos sordos a sus propias recomendaciones. Solo puede pensar que Lucia almorzará con otro. No lo puede creer. Pensaba que era él único en su vida.  Y ahora esto…

Toma fuerzas, se incorpora y vuelve a mirar la agenda y ve que debajo de la frase “Almuerzo con mi …” está escrito algo que no se entiende, pero con esfuerzo puede leer que dice “RESTO BAR MARSELLA” a las 13h. Mira el reloj y son exactamente las 13 h. En ese momento se da cuenta que no importan las llaves del auto. Tiene que ver con quien está Lucía. Sabe que el lugar donde estará queda a 15 cuadras de donde él está. Sabe que no tiene las llaves del auto y que tendrá que caminar. Sabe que tomará solo las llaves del departamento y bajará por el ascensor, pensando solo en Lucía.

Roberto sale apurado del departamento. Siente que se olvida de algo, vuelve a entrar, toma la agenda y sale rápidamente, corriendo. Le tiemblan las piernas y siente las palpitaciones debajo de la camisa blanca, ajustada. No le importa. Solo camina, casi corre. Cruza la calle y un bocinazo lo vuelve a la realidad, está cruzando la calle sin mirar. Parece una carrera de obstáculos, donde la gente se le cruza en el camino, los semáforos, los bocinazos y los gritos de los vendedores ambulantes   La gente por las veredas de Buenos Aires también corre esta alocada maratón, en diferentes direcciones, algunos parecen hablar con ellos mismos, pero están hablando con sus teléfonos celulares. Nadie se mira, nadie se ve, nadie se escucha. Roberto trota en esa maratón infinita, hasta que llega por fin a “Marsella”

Roberto entra de manera repentina. El resto bar funciona en una casa muy antigua. Apenas entra siente el frío del aire acondicionado, el aroma a jazmines en el ambiente y se escucha apenas el sonido de la canción de Juanes “La verdad”. El lugar es muy elegante, las mesas y sillas son blancas, en las paredes hay pinturas que reflejan los pescadores y lugares del puerto de Marsella en Francia. Pero Roberto solo busca a Lucía. No hay mucha gente solo algunas parejas que ocupan unas pocas mesas. De repente la ve sentada con un señor que está de espaldas. Ella vestida de rojo, muy maquillada y hablando animadamente. A Roberto le parece que la distancia que hay entre él y la mesa de Lucía es infinita, como si tendría que llegar la meta final de la maratón. Escucha las risas de Lucía. Con él nunca ríe de esa forma. Con él nunca se maquilla, ni se viste así, ni habla de esa forma tan entusiasmada

Llega por fin a la mesa y se para al lado sin decir palabra, solo saca la agenda violeta que le pertenece a ella. Lucía y su acompañante lo miran  asombrados. Roberto mira rápidamente al señor   que esta con Lucía. Es un hombre de avanzada edad. Roberto sintió un repentino alivio, “seguramente es el padre” piensa. En sus citas le había hablado de él, un hombre robusto y canoso, que se asemejaba al hombre sentado en ese restaurante. Roberto toma aire, y más tranquilo puede balbucear:

-Lucia te olvidaste esto esta mañana.

-Roberto – dice ella asombrada - te estuve llamando, pero no respondías, por error me llevé estas llaves pensando que eran las mías. Te llamé muchas veces y no me pude comunicar. Te la íbamos a llevar esta tarde

Y ahí fue cuando Lucía lo miro a él y dijo la frase que abrió la puerta de la desilusión: “Amor: él es mi psicólogo, el licenciado Roberto Ritman”, - y como si fuera poco remató diciendo –Licenciado, le presento a José mi marido, qué gusto que puedan conocerse “

Lucía lo mira con sus ojos dulces y le dice :

 - Acá están tus llaves Roberto Te  pido disculpas nuevamente. Nos vemos el martes.

Lucía sigue hablando, pero Roberto ya no la escucha, solo siente el frío de las llaves en sus manos, las aprieta, baja la mirada, saluda y sale del lugar. Ahora se abre la puerta de la verdad,  la que le devela  que las citas de los martes solo eran  con su paciente Lucía Almada. Esas citas de amor eran solo fruto de su ilusión y su deseo. Lentamente   la angustia se adueña de su garganta. El licenciado Roberto Ritman cruza la calle . Con las llaves en el bolsillo, con el dolor en el corazón, con la certeza de saber que la maratón de la búsqueda había terminado

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